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Acuayos
de Guayana, América del Sur
Todas
de India Meridional
Negritos
de Andamán, Islas Andamán en Asia
Sudoriental
China
Acuayos
de Guayana, América del Sur
Los
indios acauayos que habitan entre las selvas y praderas
de las tierras altas de Guyana, cerca de los límites
fronterizos con Brasil y Venezuela, en América
del Sur, se llaman a sí mismos "pueblos
del cielo", pues consideran que ese es su origen.

A pesar de poseer un lenguaje
y cultura con personalidad propia que se identifica
dentro del grupo kapong de los indios de habla caribe,
desde finales del siglo XIX y como resultado de la
presencia de misioneros cristianos a lo largo de la
costa, han sufrido una combinación de sus mitos
con algunos aspectos del cristianismo, naciendo de
esta manera una religión llamada "aleluya".
El concepto cristiano de
Dios se combinó con la creencia en la luminosidad,
como origen de la vida -acua, cuyo símbolo
es el sol-. Así acua es el cielo, el "lugar
del sol" y por ende el "lugar de Dios".
Por esta razón, sus entierros los realizan
al amanecer, viendo hacia el sol naciente, y en las
tumbas en lugar de una cruz, colocan un poste orientado
hacia el este.
Editorial
Noguer, "Acauayos, Guyana",
en 500 Pueblos cómo son y dónde viven,
tomo 1, España, 1981, pp. 9-10.
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Todas
de India Meridional
En
las montañas Nilgiri, al sur de la India,
habita una pequeña tribu conocida como los
todas. Ellos tienen la costumbre de llevar a cabo
dos ceremonias fúnebres cuando muere algún
adulto, y una cuando lo hace un niño.
El primer funeral para
adulto que recibe el nombre de funeral "verde",
se realiza en un crematorio propiedad del clan patrilineal
de la persona fallecida, pues consideran que es
a partir de la cremación que el alma se libera
de esta tierra. Dicho sitio está formado
por un templo-granja, un corral de piedras para
búfalos y un recinto rodeado de paredes de
piedra que normalmente no está habitado.
Hasta éste lugar
es llevado el cadáver sobre unas andas de
madera -féretro con varas horizontales que
permiten poderlo cargar-, acompañado por
una multitud de parientes y de miembros de su clan.
Un momento de gran expectación y dramatismo
durante la ceremonia luctuosa es cuando varios búfalos
del corral, son tomados y arrastrados por ocho o
más hombres, para ser llevados al sitio donde
serán sacrificados. Es condición en
ésta tarea que no se usen ni cuerdas, ni
redes, ni palos. Posteriormente cada búfalo
es sacrificado por un sacerdote que le propina un
golpe en la cabeza con la parte posterior de un
hacha.
La tribu tiene la creencia
de que los espíritus de los animales sacrificados
acompañarán al alma de la persona
muerta al cielo de los todas, que es como una gran
aldea habitada sólo por los todas que han
muerto hasta ese momento.
El cielo de los todas es
un lugar feliz donde los muertos cuidan de sus búfalos
y disfrutan de una existencia tranquila en donde
la reencarnación no tiene lugar. Durante
la cremación del primer funeral, se conserva
un trozo de la calavera y un mechón de cabello
para ser usados durante el segundo funeral "seco",
el cual, en años recientes, ya no se ha venido
realizando porque también se sacrifican varios
búfalos y el costo económico es muy
elevado. Sin embargo, cuando se llega a realizar,
los fragmentos del cadáver que fueron guardados
se queman, como la terminación de una ceremonia
muy similar en su forma al primer funeral.
Editorial
Noguer, "Todas. India Meridional",
en 500 Pueblos cómo son y dónde viven,
tomo 12, España, 1981, pp. 1965-1967.
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Negritos
de Andamán, Islas Andamán en Asia
Sudoriental
Las tribus de andamanes
de las islas Andamán en el océano
Índico, de piel obscura, cabello encrespado
y con una estatura promedio de 1.42 mt, llevan
a cabo ciertos ritos para evitar que los muertos
regresen a este mundo, pues consideran que su
presencia puede ser causa de enfermedades. 
Cuando alguien muere, sepultan
el cadáver en alguna de las plataformas
de las chozas comunales, hasta que éste
entra en estado de putrefacción; después
exhuman los restos, y las mujeres son las encargadas
de lavar el esqueleto en el mar. Concluida ésta
tarea, se decoran los huesos con arcilla blanca
y ocre rojo, y finalmente los restos son enterrados
de manera definitiva.
Se sabe que tiempo atrás,
los isleños de la Gran Andamán conservaban
las calaveras a manera de amuleto contra algunas
enfermedades y las llevaban colgadas del cuello,
a diferencia de la tribu de los onge que preferían
conservar las mandíbulas para hacer collares.
Editorial
Noguer, "Andamán, negritos de",
en 500 Pueblos cómo son y dónde
viven,
tomo 1, España, 1981, pp. 81-82.
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China
Los
chinos creían firmemente en la continuidad
entre éste y el otro mundo, entre la
vida y la muerte. Ambos mundos eran gobernados
por los mismos principios burocráticos
que regían al imperio. Además,
en ambos dominaban los lazos de parentesco patrilineales
y la muerte no cortaba la relación existente
entre parientes, ni afectaba la posición
social que el individuo tenía en vida.
La veneración a los ancestros era la
expresión concreta de esta preocupación
por la continuidad patrilineal.
En el pensamiento chino
no existe una separación del cuerpo y
del alma en el momento del morir, como es el
caso en Occidente. De hecho, uno de los objetivos
primordiales de los ritos funerarios chinos
era mantener al cuerpo y al espíritu
juntos. Consideraban que el alma (o espíritu)
estaba constituida por tres partes que se manifestaban
en las tablillas con el nombre del difunto colocadas
en su tumba, en el altar doméstico y
en el del templo.
También
tenían la preocupación por controlar,
manejar y aplacar los aspectos peligrosos del
alma del recién fallecido. Gran parte
del ritual funerario estaba orientado a apaciguar
al espíritu desorientado y volátil.
Es decir, regía la misma necesidad de
control social en éste y el otro mundo,
por lo que no se permitía que nadie anduviera
divagando o vagando libremente fuera del control
de la familia y de la comunidad.
Otro aspecto importante
era la idea de que siempre debía haber
un equilibrio entre los sexos; así, las
parejas casadas se reconstituían como
tales al morir y se enterraban en tumbas adyacentes,
y para las personas solteras se realizaban matrimonios
postmortem, ya que consideraban anormal estar
sin cónyuge.
De primordial relevancia
era la noción del intercambio entre los
vivos y los muertos. La muerte tampoco daba
por terminadas las relaciones de reciprocidad;
simplemente las transformaba e incluso las fortalecía.
Las ofrendas funerarias en las tumbas y en los
altares eran la evidencia de estas relaciones;
es decir, los deudos le hacían sacrificios
y regalos al difunto para agasajarlo y venerarlo;
a cambio esperaban recibir ciertos beneficios
materiales como buena suerte, salud y progenie,
ya que consideraban que los ancestros podían
interceder ante las deidades en beneficio de
sus descendientes vivos.
Los banquetes rituales
eran ceremonias familiares en las que participaban
todos su miembros, pues los difuntos seguían
siendo una parte integral de la vida cotidiana
y requerían las mismas atenciones que
los demás. Se les ofrecía comida
y bebida, cuya esencia era consumida por ellos
y el resto por sus deudos.
Otros elementos básicos
ofrendados eran el incienso y la música,
concebidos como vínculos entre el Cielo
y la Tierra, un vehículo de comunicación
con la deidades y los espíritus de los
ancestros. La música tenía la
finalidad de acompañar al cadáver
en el trayecto al cementerio, apaciguar su espíritu
y luego entretenerle en el más allá.
Era costumbre enterrar
a los muertos con todos los objetos que pudieran
usar, disfrutar o necesitar en la otra vida.
Éstos difieren según los períodos
dinásticos, predominando en algunos las
piezas de jade y de bronce, y en otros las figurillas
de animales y personas que gradualmente fueron
sustituyendo a los seres vivos que solían
acompañar al difunto.
Antiguamente existía
la costumbre de enterrar a los soberanos y cortesanos
o nobles de alto rango con sus acompañantes
(familiares, músicos, sirvientes y soldados)
para que les atendieran y protegieran después
de su muerte, en la otra vida. En fosas adyacentes
a sus tumbas se sepultaban carretas, carruajes
y caballos junto con sus conductores y cuidadores.
También eran sacrificados los animales
domésticos, base de su economía,
La substitución
de personas y animales por réplicas en
madera, piedra o cerámica fue haciéndose
lentamente a través del tiempo, debido
a que en los entierros más suntuosos
seguía prefiriéndose el sacrificio
de seres vivos.
Es ampliamente conocido
el descubrimiento de la necrópolis del
emperador Qin Shihuang (que unificó China
en el siglo III a.C.), en cuyas cámaras
y fosas se encontraron tanto los restos de seres
vivos, como detallados objetos de gran valor,
maquetas de palacios (de todos los estados o
reinos que había conquistado) y los modelos
fidedignos de su impresionante ejército
-más de ocho mil figuras en arcilla de
tamaño natural- en formación de
combate, para defender eternamente el imperio
por él fundado.
A partir de entonces, se
restringió el entierro de seres y objetos
genuinos u originales y valiosos, por lo que
se incrementó la producción de
réplicas. Son sobresalientes las esculturas
y guardianes celestiales con forma humana o
animal ubicadas a la entrada de las tumbas o
cámaras principales, y otras de reducido
tamaño que representaban a grupos de
acompañantes y sirvientes colocados cerca
del sepulcro, listos para atender a su señor
o señora.
También son dignas
de mencionar las reproducciones en pequeña
escala de casas, corrales con animales, pozos
y otras estructuras del medio rural, que de
esta manera perpetuaban bajo tierra una imagen
convincente del mundo cotidiano.
Silvia
Seligson, "La vida después de la
muerte en China",
en Saber Ver, segunda época, año
2, número nueve,
septiembre-octubre de 2000, México,
Prensa de Arte, S.A. de C.V., pp. 10-23.
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