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La
tradición cambió. Y, en el proceso de
transformación decenas de costumbres que antes
eran parte inseparable de las ceremonias fúnebres
quedaron en el olvido.
Pocos se acuerdan hoy de
las lloronas que solían contratarse a principios
de siglo, y cuyo servicio consistía, principalmente,
en derramar lágrimas por un difunto que nunca
habían conocido.
La muerte de un familiar
cercano obligaba en aquellos años a cumplir
con una serie de normas muy estrictas que parecían
intensificar aún más el dolor por la
pérdida del ser querido.
Las reglas eran rígidas
y solo unos pocos intentaban ignorarlas. Incluso,
estas normas de conducta llegaron a estar explícitas
en algunas publicaciones, como Las reglas y consejos
para conducirse en la sociedad, un texto de la baronesa
de Staffe editada en Montevideo en 1893.
Según este Manual,
la etiqueta de sepelio exigía que seis o doce
horas después de la defunción, el cuarto
del muerto debía ser transformado en capilla
ardiente.
El adorno de la habitación
dependía de la fortuna del difunto o sus herederos.
Además, de la casa
mortuoria se alejaba a los niños y se prohibía
cualquier tipo de música. Debía reinar
el más profundo silencio.
Fué así que
hizo su aparición en escena el piano de luto.
Este instrumento era una caja de madera de roble sin
ningún mecanismo en su interior. No emitía
sonido. Era un piano mudo.
Hoy, los ritos mortuorios
son otros bien distintos. Nadie convida con café
ni licores a los que se acercan al velatorio, que
se cierra de 23 a 9 hs. para no gastar en personal
de la funeraria.
Las cosas son así.
Nota
publicada en el diario La Nación
Fecha: 25 Enero 2001
Autor: Lucas Colonna
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