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Los
Aztecas y el culto a la muerte
Introducción
"El
pueblo mexicano tiene dos obsesiones: el gusto por
la muerte y el amor a las flores,. Antes de que nosotros
"habláramos castilla" hubo un día
del mes consagrado a la muerte; había extraña
guerra que llamaron florida y en sangre los altares
chorreaban buena suerte." (Carlos Pellicer)
Para
los antiguos mexicanos la oposición entre muerte
y vida no era tan absoluta como para nosotros. La
vida se prolongaba en la muerte. Y a la inversa. Esta
afirmación de Octavio Paz en su conocido ensayo
sobre el mexicano (El Laberinto de la Soledad) encuentra
plena confirmación en los testimonios escritos
y arqueológicos que nos hablan de cómo
los pueblos nahuas concebían la muerte.

Basados
en esos testimonios podemos señalar a los aztecas
como promotores de uno de los más notables
cultos a la muerte que registre la historia.
El
dato más sorprendente de ese culto lo constituyen
los sacrificios humanos que tanto horror causaron
en conquistadores y cronistas, y que siguen contrariando
nuestra sensibilidad. Esos ritos sangrientos, sin
embargo, no han sido interpretados de manera satisfactoria
por todos los historiadores. Sólo a través
de una investigación minuciosa es posible reconocer
en los mitos esenciales del pueblo azteca la raíz
y justificación del sacrificio humano. Más
adelante nos iremos refiriendo detalladamente a tales
mitos; por el momento, basta con enunciar sus aspectos
fundamentales: la divinidad se ha sacrificado para
que haya vida en el mundo; toca a los hombres corresponder
al sacrificio divino ofreciéndole lo más
precioso de sí mismos -la vida, la propia sangre-
y transformándose de ese modo en colaboradores
con la divinidad a fin de que la vida continúe
sobre la tierra.
Planteada
así, la necesidad cósmica del sacrificio
humano para explicar suficientemente el ritual de
sangre practicado por los aztecas; pero no hemos de
olvidar, por otra parte, el carácter aguerrido
de esta raza que en dos siglos escasos, logró
pasar de una situación dé esclavitud
y barbarie a la forjadora del que fue, acaso, el más
poderoso imperio de la América prehispánica.
«La existencia de Tenochtitlan -aclara la antropóloga
Laurette Séjourné- reposaba sobre los
tributos de los países conquistados, y es fácil
comprender la necesidad imperiosa que tenían
los aztecas de un sistema de pensamiento que sostuviese
su imperialismo» (1).
En
otras palabras, cabe preguntarse hasta qué
punto la esfera gobernante de la sociedad azteca tenía
fe en esa pretendida justificación cósmica
del sacrificio humano y en qué grado usaba
la religión como parte de una superestructura
al servicio de los intereses y necesidades de su control
absoluto y tiránico.
Los
predilectos del Sol
Como
quiera que sea, la doctrina oficial era bien definida
y contundente: la máxima aspiración
del hombre en cuanto a su destino final era la de
ser admitido en la Casa del Sol. Este privilegio estaba
reservado a los guerreros muertos en la batalla o
en la piedra de sacrificios. Tonatiuh, el Sol, tenía
en Huitzilopochtli -el dios propio de la tribu azteca-
una de sus principales encarnaciones. Y Huitzilopochtli
era el dios guerrero por excelencia. Un mito azteca
refiere que Coatlicue, la vieja diosa de la tierra,
después de haber engendrado a la luna y a las
estrellas, Llevaba una vida de retiro y castidad como
sacerdotisa de un templo; una vez, mientras barría,
se encontró una como pelota de plumas y la
guardó junto a su vientre; cuando quiso tomarla
de nuevo, la bola de plumas había desaparecido,
y ella, en cambio, se sintió embarazada. Al
advertirlo sus hijos, decidieron darle muerte. Ella
lloraba por su triste destino, pero el nuevo fruto
de su vientre la consolaba desde adentro asegurándole
que habría de defenderla. Así fue: en
el preciso momento en que iba a ser sacrificada, nació
Huitzilopochtli y con una serpiente de fuego cortó
la cabeza de su hermana Coyolxauhqui (la luna) y puso
en fuga a sus innumerables hermanos, los Centzonhuitznáhuac
(estrellas). Por eso, al renacer cada día,
Tonatiuh-Huitzilopochtli vuelve a entablar combate
con sus hermanos (la luna y las estrellas) y, armado
de la serpiente de fuego (el rayo solar), los hace
huir; su victoria significa un nuevo día de
vida para los hombres.
Los
hijos predilectos del Sol son los guerreros que mueren
en la batalla o inmolados en la piedra de sacrificios;
por eso los recoge en su Casa, en su paraíso
del oriente, donde gozan de su presencia y, en prados
y bosques celestes, se divierten haciendo simulacros
de luchas; cada mañana, al aparecer el Sol
por el oriente, lo saludan con gritos de júbilo,
golpean sus escudos y lo acompañan hasta el
cenit.
Se
creía que estos privilegiados acompañantes
del Sol, a los cuatro años de haber muerto
se convertían en inmortales aves preciosas
y se alimentaban con el néctar de las flores
en los jardines del Tonatiuhichan (Casa del Sol),
pudiendo también descender a la tierra. En
cuanto a los hombres muertos en la piedra de sacrificios
eran equiparados a los guerreros caídos en
la lucha, pues se consideraba que con sus vidas habían
alimentado al Sol, el guerrero divino que campea en
el cielo.
A
la luz de estas creencias, se comprende la importancia
que tuvo, dentro de la sociedad azteca, la educación
para la guerra y la constante aspiración a
transformarse en habitantes de la casa solar. Se comprende
igualmente el carácter sagrado atribuido a
la lucha, y la existencia de modalidades tan especiales
como las «guerras floridas» que se hacían
con objeto de capturar prisioneros para los sacrificios.
La religión azteca implicaba también
la fe en un paraíso de occidente. Lo mismo
que el oriental, formaba parte del reino del Sol:
era morada de las mujeres muertas en el primer parto.
A estas mujeres se les otorgaba el mismo rango que
a los guerreros perecidos en la batalla. Si éstos
acompañaban a la divinidad solar hasta la mitad
del cielo, ellas «partiendo de medio día
iban haciendo fiesta al sol, descendiendo hasta el
occidente, llevábanle en unas andas hechas
de quetzales o plumas ricas, que se Llaman quetzalli
apanecáyoil; iban delante de él dando
voces de alegría y peleando, haciéndole
fiesta; dejábanle donde se pone el sol...»
(2).
Un
dato curioso es que, a pesar de la grandísima
estima en que eran tenidas las mujeres muertas en
parto (incluso se les divinizaba, dándoles
el nombre de cihuateteo, «mujer-diosa»),
su presencia en la tierra, a donde descendían
en ciertas fechas señaladas por el calendario
ritual, se consideraba más bien funesta, sobre
todo para las mujeres y los niños. La misma
figura con que se les representaba era espantosa:
con un rostro descarnado y provistas de garras. Se
suponía que en determinadas ocasiones voceaban
y bramaban en el aire, y que solían espantar
en las encrucijadas de los caminos.
Los
escogidos de Tláloc
Tláloc
es, por encima de sus demás atributos, el dios
de la Lluvia, una de las divinidades más antiguas
de Mesoamérica. Dada la importancia que tuvo
la agricultura en la economía de los aztecas,
no debe sorprender que hayan adoptado a Tláloc
como uno de sus dioses principales. Los dos templetes
o torres que coronaban el teocalli o templo mayor
de Tnochtitlan estaban dedicados precisamente a Tláloc
y a Huitzilopochtli. Los aztecas adoptaron también
(tomándolos de los antiguos toltecas) los mitos
que se refieren a Tláloc y. con ellos, la convicción
de que existía un paraíso de Tláloc,
el Tlalocan, a donde iban los difuntos que habían
perecido ahogados o fulminados por el rayo, o víctimas
de la lepra, o hidrópicos o sarnosos, o a causa
de cualquier enfermedad de las que se consideraban
relacionadas con las divinidades del agua (2).
Los
informantes de Sahagún describieron el Tlalocan
como una especie de paraíso terrenal, «en
el cual hay muchos regocijos y refrigerios, sin pena
ninguna». De este jardín de delicias
en el que también creyeron los aztecas, tenemos
un valioso testimonio pictórico en un muro
teotihuacano que se remonta al siglo IV: de la figura
de Tláloc parecen proceder las corrientes de
agua que rodean un jardín donde los hombres
gozan entreteniéndose con el canto, la danza
y toda clase de juegos.
Se
creía que el Tlalocan estaba ubicado en el
sur.
Los
que iban al Mictlan
Quienes
no habían sido elegidos ni por el Sol ni por
Tláloc, al morir descendían al Mictlan,
pasando por una serie de pruebas antes de alcanzar
el descanso definitivo o la desaparición. Esas
pruebas eran nueve y, en cierto sentido, correspondían
a otros tantos estratos del inframundo, cada uno más
profundo que el anterior. La creencia en esas pruebas
estaba muy relacionada con ciertos detalles de los
ritos funerarios; por ejemplo, la costumbre de enterrar
un perrito juntamente con el muerto, dependía
de la convicción de que éste tenía
que superar el caudal de un río subterráneo
y sólo el perrito podía auxiliarle en
ese trance.
Sobre
la ubicación del Mictlan, hay discordancia
entre las varias tradiciones. Así como se le
sitúa más profundo de la tierra, se
dice también que queda al norte. Esta última
tradición parece más congruente con
la ubicación de los otros lugares a donde pueden
concurrir los muertos: las direcciones oriente y poniente
corresponderían al paraíso solar; el
sur al Tlalocan; el norte al Mictlan. En todo caso,
queda fuera de discusión su carácter
subterráneo y sombrío, aunque la creencia
en un recorrido circular por parte del sol presuponía
que, después de su trayectoria de oriente a
poniente, la divinidad solar penetraba en la tierra,
según su viaje a través del inframundo
e iluminaba a los muertos, que despertaban igual que
hacen los vivos a la luz de un nuevo día. También
esta creencia la hallamos consignada en la obra de
Sahagún, la fuente más valiosa sobre
el antiguo México.
Ritos
funerarios
A
los muertos destinados al Mictlan se les solía
amortajar en cuclillas, envolviéndolos bien
con mantas y papeles y liándolos fuertemente.
Antes de quemar el bulto mortuorio, se ponía
en la boca del difunto una piedrecilla (de jade, si
se trataba de un noble); esa pequeña piedra
simbolizaba su corazón y le era puesta en la
boca para que pudiera dejarla como prenda en la séptima
región del inframundo, donde se pensaba que
había fieras que devoraban los corazones humanos.
Asimismo, ponían entre las mortajas un jarrito
con agua, que había de servirle para el camino.
Sus prendas y atavíos eran quemados para que
con ese fuego venciera el frío a que tenía
que enfrentarse en una de las regiones del más
allá donde el viento era tan violento que cortaba
como una navaja.
La
abundancia de papel que se empleaba en el amortajamiento
le habría de servir para superar otra de las
pruebas: el paso entre dos montañas que se
juntaban impidiendo el tránsito. También
se le entregaban al difunto algunos objetos de valor
para que los obsequiara a Mictlantecuhtli o a Mictecacíhuatl,
señor y señora de los muertos, al Ilegar
a la última etapa de su accidentado viaje.
Tocaba a los ancianos dirigir las ceremonias fúnebres,
desde el amortajamiento ritual hasta la incineración
del cadáver y el entierro de las cenizas. Todo
se Llevaba a cabo en medio de fórmulas mágicas
y recomendaciones al difunto para que acertara en
sus pasos por el más allá.
Después
de la incineración, que se cumplía entonando
cánticos, los ancianos rociaban con agua los
residuos humanos; los colocaban en una urna y los
enterraban en alguno de los cuartos de la casa, sin
omitir la piedrecilla que le habían puesto
en la boca al difunto, ofrendas varias y el infaltable
perrito que habría de ayudar a su amo en su
viaje por ultratumba.
Los
informantes de Sahagún refirieron que era costumbre
poner todos los días ofrendas en el lugar donde
estaban enterrados los huesos de los muertos. Creemos
que tal afirmación no se debe tomar al pie
de la letra, pero pone muy de relieve el culto y atenciones
de que eran objeto los difuntos. Ciertamente, las
ofrendas eran obligatorias a los ochenta días
de la muerte, y cada año hasta cumplirse los
cuatro que duraba el viaje al Mictlan. Eso, independientemente
de las fiestas que el calendario ceremonial establecía
para el culto de los muertos. Bastaría recordar
que el sexto día de los veinte que constituyen
la división básica del calendario azteca
Llevaba el nombre de Miquiztli (muerte), y que el
noveno y décimo meses de los 18 que tiene el
año náhuatl estaban dedicados al culto
de los muertos, primero de los niños y luego
de los adultos.
Volviendo
un poco a lo que señalábamos acerca
de los entierros, conviene aclarar que las cenizas
y huesos de los nobles no eran enterrados en un aposento
cualquiera, sino en lugar sagrado, por lo general
en las proximidades de un templo. El aparato ritual
en esos casos era mucho más complicado, e implicaba
la muerte de numerosos esclavos. Bernardino de Sahagún
lo consigna en estos términos: «y así
también mataban veinte esclavos y otras veinte
esclavas, porque decían que como en este mundo
habían servido a su amo asimismo han de servir
en el infierno; y el día que quemaban al señor
luego mataban a los esclavos y esclavas con saetas...,
y no los quemaban juntamente con el señor sino
en otra parte los enterraban» (3).
Todo
lo apuntado en los párrafos anteriores sobre
ritos funerarios, se refiere sólo a los muertos
destinados al Mictlan, los únicos cuyos cuerpos
eran quemados. De los destinados al Tlalocan, Sahagún
dice expresamente que «no los quemaban sino
enterraban los cuerpos de los dichos enfermos y les
ponían semillas de bledos entre las quijadas,
sobre el rostro, y más poníanles color
de azul en la frente, con papeles cortados, y más
en el colodrillo poníanlos otros papeles, y
los vestían con papeles y en la mano una vara»
(4). Dicha vara era una rama
seca que se enterraba juntamente con el cadáver,
en la convicción de que, llegando el difunto
al Tlalocan, aquella rama reverdecería en señal
de haber sido aceptado su portador en el paraíso
de Tláloc.
En
las honras fúnebres y entierros de las mujeres
muertas en parto había aspectos muy peculiares:
después de múltiples abluciones al cadáver
de la mocihuaquetzqui (mujer valiente), se le vestía
con sus mejores galas y, llegada la hora del entierro,
que se hacía a la puesta del sol, el marido
la Llevaba a cuestas hasta el patio del templo dedicado
a las cihuateteo, donde habría de ser sepultada.
Formaban
el cortejo fúnebre los parientes y amigos de
la muerta, armados todos «con rodelas y espadas
y dando voces como cuando vocean los soldados al tiempo
de acometer a los enemigos». Tales actitudes,
además de rituales, tenían una función
práctica, pues debían defenderse de
los guerreros jóvenes, que irrumpían
contra el cortejo fúnebre con el propósito
de apoderarse del cadáver y cortarle el dedo
central de la mano izquierda y los cabellos, prendas
a las que atribuían poder mágico para
adquirir valor en la lucha e infundirles miedo a los
enemigos. También los salteadores -por motivos
parecidos- procuraban hacerse del cadáver para
cortarle el brazo izquierdo. Por eso el marido y otros
deudos de la difunta, durante cuatro noches seguían
velando en el lugar donde se había hecho el
entierro.
El
ceremonial luctuoso para los guerreros caídos
en la lucha era aún más complicado,
abundando las fórmulas laudatorias y concluyendo,
antes del entierro, con la quema de una figura de
palo representando al difunto con todas sus insignias.
Por
lo que se refiere al cuerpo de los sacrificados, los
testimonios son variados y hasta cierto punto contradictorios.
Conviene
precisar dos cosas:
1. La práctica
de la decapitación después del sacrificio
era muy habitual; la cabeza de la víctima
solía ser destinada al Tzompantli, monumento
fúnebre donde se exponían los cráneos
de los sacrificios.
2. El discutido recurso
al canibalismo. Es verdad que en determinadas ocasiones
algunas partes del sacrificado eran comidas. Pero
hay que decir que en esos casos se trataba de un
canibalismo meramente ritual. Como aclara Alfonso
Caso, «el canibalismo azteca era un rito,
que se efectuaba como una ceremonia religiosa, a
tal punto que el que había capturado al prisionero
no podía comer su carne, pues lo consideraba
como su hijo. No hay que olvidar que para los aztecas
las víctimas humanas eran la encarnación
de los dioses a los que representaban y cuyos atavíos
llevaban, y al comer su carne practicaban una especie
de comunión con la divinidad...» (5).
Para
abundar en el argumento de Alfonso Caso, tengamos
presente que, en efecto, no pocas veces el sacrificado
era al mismo tiempo ofrenda y representación
del dios. James George Frazer recuerda como el más
notable ejemplo universal entre los ritos de sacrificio
humano del dios, el festival Llamado Toxcatl, el mayor
del año mexicano: «sacrificaban anualmente
a un joven en el carácter de Tezcatlipoca,
'dios de dioses', después de haber sido mantenido
y adorado como aquella gran deidad en persona por
un año entero» (6).
Complejidad
del panteón azteca
En
el momento en que los sorprendió la conquista,
los aztecas practicaban el más abigarrado politeísmo,
no obstante la existencia de corrientes que tendían
a simplificar el panteón azteca agrupando a
varias divinidades como manifestaciones diferentes
de un mismo dios.
Es
muy importante tener en cuenta que la tribu azteca
fue la última en establecerse en el valle de
México y sus alrededores, y que llegó
a esos parajes tan desprovista de un pasado cultural
sólido que se adueñó enseguida
del marco espiritual implantado allí por los
pueblos que habían florecido con anterioridad,
especialmente los toltecas.
Ese
adueñarse no fue una verdadera asimilación
y continuidad de la atmósfera cultural encontrada,
sino un apropiarse interesado que dio como fruto manifiesto
un doble fenómeno: el empleo de los aspectos
que más convenían a sus necesidades
y ambiciones de poder, y -por los mismos motivos-
la descomposición de muchos otros aspectos
mediante un proceso de nacionalización.
El
ejemplo más notorio nos lo proporciona la figura
de Quetzalcóatl, el supremo héroe mítico
de Mesoamérica, tan asimilado por los aztecas
que los sacerdotes de su sangrienta religión
se daban a sí mismos el título de Quetzalcóatl.
Sin embargo, la doctrina del dios-héroe no
fue observada por los aztecas, pues si Quetzalcóatl
había predicado una doctrina de desprendimiento
y purificación personal como medio para trascender,
los aztecas sustituyeron esa exaltación de
la vida espiritual por una razón de Estado
consistente en la exaltación de la muerte física.
No
es extraño que en el panteón de los
aztecas, elaborado casi por completo a base de dioses
«nacionalizados», se observen abundantes
incongruencias, como se observan también en
la adopción de los más antiguos mitos,
modificados a tenor de los intereses de Estado.
Una
tradición antiquísima señalaba
el origen de todas las cosas en un solo principio
dual: Ometecuhtli (Señor 2) y Omecíhuatl
(Señora-2). Un desarrollo posterior-ya de carácter
azteca-quiso que de la primitiva pareja divina procedieran
los cuatro dioses creadores: el Tezcatlipoca rojo
(dicho también Xipe o Camaxtle), y el Tezcatlipoca
negro (o simplemente Tezcatlipoca), Quetzalcóatl
y Huitzilopochtli. Resulta evidente la intención
de colocar a Hitzilopochtli a la altura de los supremos
dioses, pese que otra tradición, mencionada
más arriba y que es netamente azteca, presenta
a Huizilopochtli como hijo de Coatlicue.
Otro
ejemplo -el de mayores consecuencias- de este fenómeno
de adopción de los antiguos mitos, nos lo ofrece
la famosa Leyenda de los Soles, que llegó a
ser fundamental para la religión azteca.
De
acuerdo con una remotísima tradición,
existía la creencia de que, antes de la actual
humanidad, habían existido otras cuatro presididas
cada una de ellas por otros soles. Nos encontraríamos,
por lo tanto, en la era del Quinto Sol. Las cuatro
creencias precedentes, según una de las versiones
aztecas, habrían sido presididas, respectivamente
por Tezcatlipoca, Quetzacóatl, Tláloc
y Chalchiutlicue (diosa de las aguas y hermana de
Tláloc).
A
Tezcatlipoca correspondería, pues, el primer
Sol y la era inicial del mundo. Siendo que su nahual
o disfraz es el ocelote o tigre, ese primer Sol se
denomina Ocelotonatiuh (Sol de Jaguar). Los primeros
hombres fueron gigantes, pero incapaces de cultivar
la tierra; por lo tanto, se alimentaban de manera
silvestre. Pero Quetzalcóatl, con bastón
golpeó a Tezcatlipoca y éste se vino
abajo transformándose en tigre y devoró
a los gigantes, quedando la tierra despoblada y el
universo desprovisto de sol. Tal catástrofe
ocurrió en la fecha 4-Tigre.
Entonces
ocupó Quetzalcóatl el puesto de Sol,
hasta que lo derribó Tezcatlipoca dándole
un zarpazo. Se levantó un viento huracanado
que arrasó con los árboles y aniquiló
a los nuevos hombres, quedando sólo algunos,
pero transformados en monos. Eso aconteció
un día con la fecha 4-Viento.
Después
de tal desastre, los dioses pusieron como Sol al dios
de la Lluvia, Tláloc, que es también
dios del rayo, dios del fuego celeste. Otra vez intervino
Quetzalcóatl haciendo que lloviera fuego, de
tal manera que los hombres volvieron a perecer, quedando
sólo algunos, transformados en pájaros.
Sucedió en la fecha 4-Lluvia.
Luego
Quetzalcóatl puso como Sol a la hermana de
Tláloc, Chalchiutlicue, «la de las faldas
de jade», pero otro dios, presumiblemente Tezcatlipoca,
desató una terrible Lluvia que inundó
la tierra y ocasionó la muerte de los hombres,
salvándose sólo algunos, transformados
en peces. Sucedió en la fecha 4-Agua.
Una
vez apuntados estos antecedentes, he aquí la
parte que más nos interesa del mito:
Al
encontrarse el universo nuevamente sin Sol y la tierra
sin hombres, los dioses se reúnen en Teotihuacan
y determinan que es necesario el sacrificio de alguno
para que se convierta en Sol. Dos son los candidatos:
el uno poderoso y rico; el otro, enfermo y Lleno de
Llagas (Nanáhuatl); éste último
es quien primero se arroja al fuego para sacrificarse,
y cuando la hoguera se está extinguiendo, se
arroja también el otro. Después el águila,
y se quema por completo; luego el tigre, pero se queda
a la vera del fuego y sólo se mancha en algunas
partes de su cuerpo; enseguida otros animales. (Este
detalle es importante porque es el fundamento mítico
de los dos órdenes militares de más
alto rango entre los aztecas: los caballeros-águila
y los caballeros-tigre). Al cabo de algún tiempo,
aparece el dios llagado transformado en Sol radiante,
pero no emprende su marcha; exige para ello el sacrificio
de los demás dioses. Aparece también
la Luna y pretende iluminar igual que el Sol, a pesar
de no haberse sacrificado con igual arrojo; por tal
motivo, uno de los dioses la golpea con un conejo
incrustándoselo en la cara.
Al
consumarse el sacrificio de los otros dioses, el Sol
emprende su marcha.
Aunque
expuesto sólo en sus líneas generales,
es fácil advertir la importancia que este mito
alcanzó en la religión azteca: el sacrificio
requerido por el Sol ya no está a cargo de
los dioses, sino de los hombres. Los orgullosos aztecas
Llegaron a convencerse de ser ellos los predestinados
para mantener la vida del Sol; se sintieron, pues,
depositarios de una misión universal, que cumplían
a través de su discutido ritual de muerte.
El
más hermoso monumento solar de los mexicas,
el famoso Calendario Azteca o Piedra del Sol, es como
una exposición de la Leyenda de los Soles.
La figura central, que es el rostro del Quinto Sol,
el actual, se ve rodeado por los signos de los cuatro
soles anteriores, y él mismo ostenta el signo
de la fecha en que también habrá de
perecer: el día 4-Temblor. Pero lo más
interesante para los fines de esta exposición
es advertir que sus manos, que son como garras de
águila, aferran los corazones de los sacrificados.
Otras obras consultadas:
Durán,
Fray Diego, Historia de los Indios de Nueva España,
Ed. Nacional, México. 1951, 2 vols.
Garibay, Angel
María, Historia de la Literatura Náhuatl,
Ed. Porrúa, 1953, 2 vols.
Krickeberg, Walter,
Mitos y Leyendas de los Aztecas, /incas, Mayas y Muiscas,
Fondo de Cultura Ecónómica, México,
1971.
León Portilla,
Miguel, La Filosofía Náhuatl, UNAM,
México, 1966.
- Trece Poetas
del Mundo Azteca, SepSetentas, México,
1972.
Matos Moctezuma,
Eduardo, Muerte a Filo de Obsidiana. Los nahuas
frente a la muerte, SepSetentas, México,
1975.
(1) Séjourné,
Laurette, Pensamiento y Religión en el México
Antiguo. Fondo de Cultura Económica, México,
pp. 37-38.
(2)Sahagún,
Fray Bernardino de, Historia General de las Cosas
de Nueva España, Ed. Porrúa, México,
1956. Tomo II, p. 181
(3) Sahagún,
op. cit., Tomo I, p. 293.
(4) Sahagún,
op. cit., Tomo I, p. 297.
(5) Caso, Alfonso,
El Pueblo del So!, Fondo de Cultura Económica,
México, 1974, p. 98.
(6) Frazer, James
George, La Rama Oorada, Fondo de Cultura Económica,
México, 1969, p. 662
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