“Cuidar a Nuestros Abuelos”
El abuelito finalmente se fue a vivir con su hijo, su nuera y su nieto de once años. Ya las manos le temblaban, su vista se nublaba y sus pasos flaqueaban con el peso de la edad.
La familia almorzaba toda junta alrededor de la amplia mesa; los platos, los cubiertos y los vasos cuidadosamente dispuestos sobre el bonito mantel, conferían un aspecto de cuidada elegancia, de dignidad a la hora del diario encuentro. Pero las manos temblorosas y la vista enferma del anciano convertían las comidas en un asunto difícil de sobrellevar. La comida caía de su cuchara al suelo, y cuando intentaba tomar el vaso, siempre derramaba un poco sobre el mantel. El anciano desvalido sufría en silencio las iras de los demás.
- Siempre igual, ve con más cuidado. Mira lo que has hecho, siempre ensuciando, -le reprochaban constantemente
Finalmente su hijo y la esposa se cansaron de la situación.
- Tenemos que hacer algo con el abuelo, -dijo el hijo. -Ya he tenido suficiente. Derrama la leche, hace ruido al comer y tira la comida al suelo.
Así fue como el matrimonio decidió poner una pequeña mesa en una esquina del comedor.
Ahí, el abuelo comía solo, mientras el resto de la familia disfrutaba de la mutua compañía a la hora de comer. Como el abuelo ya había roto uno o dos platos, su comida se la servían en un tazón de madera. De vez en cuando la familia miraba hacia donde estaba sentado el abuelo y podían ver alguna lágrima caer de sus blanquecinos ojos. Sin embargo, las únicas palabras que la pareja le dirigía, eran los fríos llamados de atención cada vez que dejaba caer el tenedor o la comida se derramaba. Cada vez el anciano comía menos.
El niño de once años observaba en silencio.
Una tarde, antes de la cena, los padres repararon que su hijo estaba jugando en el suelo con unos trozos de madera. Acercándosele, el padre le pregunto dulcemente:
- ¿Qué estás haciendo?.
Con la misma dulzura el niño le contestó:
- Ah, estoy haciendo un tazón para ti y otro para mamá, para que cuando yo crezca ustedes coman en ellos. El niño sonrió y continuó con su tarea.
Las palabras del pequeño golpearon a sus padres de tal forma que quedaron sin habla. Las lágrimas rodaban por sus mejillas. Y, aunque ninguna palabra se dijo al respecto, ambos supieron lo que tenían que hacer.
Esa tarde el esposo tomó gentilmente la mano del abuelo y lo guió de vuelta a la mesa donde la familia comía. Y por el resto de sus días ocupó su lugar, en la mesa, junto a ellos. Por alguna razón, ni el esposo ni la esposa parecían molestarse, cada vez que el tenedor se caía, la leche se derramaba o se ensuciaba el mantel.
Los niños son altamente perceptivos. Sus ojos observan, sus oídos siempre escuchan y sus mentes procesan los mensajes que absorben. Si ven que con paciencia proveemos un hogar feliz para todos los miembros de la familia, ellos imitarán esa actitud por el resto de sus vidas.
Los padres y madres inteligentes se percatan que cada día colocan los ladrillos con los que construyen el futuro de su hijo. Seamos sabios constructores y buenos modelos a seguir.
He aprendido que puedes saber mucho de una persona por la forma en que vive y enfrenta los imprevistos: un día lluvioso, la falta de aparcamiento, el modo de desatar un paquete. He aprendido que independientemente de la relación que hayas tenido con tus padres, los vas a extrañar cuando ya no estén contigo. He aprendido que aún cuando tenga muchas cosas que hacer no debo abandonarlos o dejarlos solos. He aprendido que aún tengo mucho que aprender y que tengo el deber de compartir mis pensamientos con todos aquellos que me importan. Yo así lo hago escribiendo o recogiendo y transmitiendo historias como esta.
Recordemos:
La gente olvidará lo que dijimos, olvidarán lo que hicimos, pero nunca olvidarán como los hicimos sentir.
Hasta la proxima !