Que
camino tomamos: el corto o el largo ?
Empieza
el mes de la primavera y mucha gente empezará
a caminar, a buscar la naturaleza y sus recodos.
Pero tomamos siempre los mismos caminos?
Cuando
salimos hacer un poco de ejercicios y recobrar
fuerzas psíquicas buscamos aquellos senderos
más largos o más cortos según
el tiempo disponible y no muchas veces, el paisaje
o la belleza que rodean esos caminos.
Por
tomar el camino más corto para llegar en
el menor tiempo posible, perdemos gratas experiencias.
Y esto lo pude comprobar hace pocos días,
siempre tomaba el camino más largo, lleno
de aromos florecidos, de durazneros en flor, de
pájaros, de aire puro. Y por razones de
tiempo tomé otro: lleno de ramas de espinillos,
con bici sendas intransitables, llenas de ruidos
y peligros.
Ese
ahorro de tiempo tiene su costo...
Al
reflexionar sobre esto, no puedo evitar preguntarme
junto a Uds.: ¿Por qué tantas personas
elegimos ir por el camino más corto, más
feo, más sucio? ¿Por qué
alguien cuyo propósito es disfrutar de
una actividad al aire libre, relajarse y ejercitarse,
querría hacerlo en el menor tiempo posible?
¿Cuál es el sentido de "acortar"
un buen momento?
Podemos
entender la impaciencia en una sala de espera
de un consultorio, o en la fila de un banco, pero
me cuesta entenderla en un momento de renovación,
de goce.
Todos
enfrentamos presiones, urgencias, responsabilidades
y compromisos que nos exigen "tomar el camino
más corto" para ser más productivos,
para obtener aquello que necesitamos, o para cumplir
con una tarea a tiempo. Pero estas exigencias
no están presentes en todos los momentos
de nuestra vida, por lo que "tomar atajos"
no debería ser una regla en todo aquello
que hacemos.
Pero
es así: la filosofía de buscar el
camino más corto para ahorrar tiempo, está
muy arraigada en nosotros: leemos una revista
mientras acompañamos a nuestros hijos a
jugar a una plaza; ensayamos mentalmente una presentación
mientras desayunamos con nuestra familia; utilizamos
una notebook para leer el correo en las vacaciones;
hablamos por teléfono mientras caminamos;
almorzamos escribiendo y leyendo en nuestra oficina;
etc... Estos atajos que consideramos "ahorros
de tiempo" son -en ocasiones- "derroches
de vida".
Muchos
métodos de administración del tiempo
nos exhortan a mantenernos alertas a los "ladrones
de tiempo", pero ¿qué hay de
los "ladrones de vida"? ¿Qué
hay de todos esos "atajos" que -en nombre
de la productividad, la precisión, la optimización
y la eficiencia- nos permiten hacer más,
pero nos llevan a vivir menos? En nuestra obsesión
por no perder tiempo, muchas veces terminamos
perdiendo vida: cuando "cortamos camino"
-de alguna manera- estamos "cortando vida".
Atentos
a esto, cada vez que estemos a punto de tomar
un atajo (cuando tratemos de hacer dos cosas simultáneamente,
estudiemos la manera de hacer algo más
rápido) detengámonos y preguntémonos:
¿Necesitamos tomar el camino más
corto? ¿Qué es lo peor que podría
ocurrir si eligiésemos el más largo?
¿Qué ganamos al cortar camino? ¿Qué
perdemos?
Cada
uno de nosotros deberíamos preguntarnos:
elijo vivir abundantemente a vivir eficientemente.
Por
eso, desde hace dos días cada vez que salgo
a caminar y recorro esos bellos paisajes con durazneros
y almendros en flor que anuncian la primavera,
evito tomar la bici senda como atajo.
Si
pienso que podría estar "perdiendo
tiempo", me digo que -muy por el contrario-:
estoy ganando vida! Y eso nos ofrece setiembre,
el anuncio de nuevos brotes, de crecimiento, de
savia nueva.
La
vida es bella para quien se toma el tiempo de
recorrerla y descubrir sus recodos, no para quien
vive tomando atajos.