Cuesta
mucho salir . . .:
¿
Cuesta mucho salir del túnel hacia la autopista
soleada ?
Dentro
de nuestras organizaciones, cada día es
más notorio cómo se van armando
dos grupos de personas:
Entre
los mal llamados pesimistas podemos distinguir
primero a los que vamos a denominar: - quejosos
o "victimizados" Gente que ante todo
opta por quejarse. Se va lamentando de todo lo
que le ocurre, se coloca en el lugar de víctima.
¿Cómo es que le pasa esto a él?
Y entra en ese rol de la película española
"¿Qué hice yo para merecer
esto?"
Busca
hombros sobre los que llorar y da por sentado
que está siendo víctima de una especie
de confabulación externa. Incursiona en
un símil del juego de la mancha venenosa,
creyendo que le traslada el problema al otro al
contárselo, pero no se da cuenta que el
alivio que consigue es sólo ficticio.
Y
si un amigo tiene propuestas para hacerle, si
pretende no dejarlo seguir encapsulado en el túnel,
si quiere que vea que hay caminos que se abren,
que hay un puente, va a tener que hacer seguramente
un esfuerzo gigantesco para convencerlo. Esto
de quejarnos y de esperar que los demás
nos acompañen en nuestro lamento es una
actitud muy argentina (me animo a decir: muy del
tango)
Ser
fatalista resulta más cómodo. Uno
ve cómo fue el pasado y entonces hace una
proyección de cómo va a ser el futuro,
una copia fiel de lo que viene ocurriendo. Esta
gente quejosa apuesta siempre a lo peor, a la
desgracia y sin saberlo, por actuar de ese modo,
contribuye efectivamente al deterioro de su vida
en todos sus aspectos y a la involución
permanente.
Hay
un segundo grupo que vale la pena destacar:
-
el de los conformistas o resignados por anticipado.
En este caso se trata de gente que cuenta con
logros en ciertas áreas de su vida pero
que parte de la premisa de que "todo no se
te puede dar." Se empieza a escudar en frases
poco convincentes pero muy corrientes del tipo
de "le pasa a la mayoría", y,
cuando se cruza con excepciones, las utiliza para
confirmar que la excepción justifica la
regla o las atribuye a la suerte o casualidad
de algunos. Así es como se fortalecen creencias
negativas tales como "todos tienen problemas
con los hijos adolescentes" o "el matrimonio
tarde o temprano entra en una rutina" o "me
va como al país." Se justifican, se
resignan, bajan la guardia pero a la vez quedan
insatisfechos porque sienten que de alguna manera
están renunciando a ese derecho tan natural
que es el de ser feliz.
Del
túnel a la autopista con carriles diversos.
Ambos
grupos actúan según reglas de comodidad
mal entendidas o según una errónea
aplicación de la ley del menor esfuerzo.
Eligen el camino de quejarse o resignarse y esperan
que la situación adversa cambie sin tomar
ellos responsabilidad, sin iniciar el cambio,
sin decirse "por este camino me va mal entonces
¿qué puedo hacer para que esto deje
de pasar?" Se resisten con obstinación
a ver que en el fondo todo lo que les ocurre tiene
que ver con decisiones que tomaron en algún
momento, que todo cuanto les sucede responde a
una ley de causa-efecto.
Entonces, tomar
conciencia que en cada momento tenemos que decirnos:
vivamos el HOY como un PRESENTE, como un regalo,
sólo así podremos ser excelentes
arquitectos de nuestro futuro, y que la apertura
posible consiste en corregir el rumbo haciendo
algo diferente.
Si
realmente queremos llegar a la raíz del
problema, si honestamente nos disponemos a adoptar
una actitud positiva, vamos a encontrarnos con
un sinfín de posibilidades que no habíamos
advertido antes, aunque fueran obvias.
Cuando
nos decidimos a ubicarnos en la sinergia de ir
para adelante, empieza a enhebrarse esta cadena
solidaria de la que nosotros sólo colocamos
el primer eslabón. Seguramente vamos a
entrar por "casualidad" a una librería
y vamos a salir con el libro que en ese preciso
momento necesitábamos leer o vamos a estar
haciendo zapping en el cable y vamos a toparnos
con un programa o una película en la que
alguien nos diga algo que pareciera estar dirigido
exclusivamente a nosotros o vamos a encontrarnos
justamente con aquella persona que nos pueda dar
una mano porque le vamos a dar la posibilidad
de que lo haga, vamos a estar abiertos a sugerencias
que antes no existían en nuestro repertorio.
La
gran pregunta: ¿Cómo desplazarnos
de la actitud de queja y resignación a
la ACTITUD POSITIVA.
"Pensar
en positivo o en negativo cuesta lo mismo"?
Les
propongo ante todo, intentemos aceptar las circunstancias
tal cual se nos presentan sin oponerles resistencia
y con una actitud de básica humildad, preguntémonos:
¿qué puedo aprender de esta experiencia
disonante y por qué llegué a ella?
o ¿cómo puedo hacer para que esto
que estoy padeciendo ahora me sea útil
a mí pero también a otros?
Sabemos
que nada sucede por casualidad: en realidad a
cada acción se corresponde una reacción
proporcional. Cosechamos lo que sembramos. El
primer gran salto entonces, consiste en aceptar
la parte de responsabilidad que nos cabe en aquello
en lo que no nos fue bien, sin culpar a nada ni
a nadie -incluyéndonos a nosotros mismos-
y viendo en cada inconveniente una oportunidad
para transformar esa experiencia en otra de mayor
beneficio.
Lo
que decida -o no- hoy está modelando decisivamente
mi futuro.
Puede ser útil empezar a preguntarnos qué
consecuencias concretas va a acarrearnos esta
decisión que estamos tomando ahora y si
va a traer felicidad y realización para
mí y para aquellos con los que estamos
rodeados.
Cuando
cambiamos el rumbo, cuando nos decidimos a probar
otro camino, "causalmente" pero no por
casualidad empiezan a salirnos al encuentro opciones
que nos van conduciendo por una nueva pista, soleada
y disparadora de un entusiasmo y de unas ganas
de hacer sin precedentes.
Simplemente
es cuestión de creer; nuestra fe despliega
nuestra creatividad y nuestra capacidad de ser
y hacer en concordancia.
El
ser mejor se producirá naturalmente.